Lun. Feb 26th, 2024

Es inevitable salir del Teatro Real después de haber visto ‘Rigoletto’ y preguntarse dónde está el escándalo del que se murmuraba estos últimos días a propósito de la nueva puesta en escena firmada por Miguel del Arco. ¿En la económica escenografía más aparente que sustancial? ¿En alguno de los gestos obscenos que acompañan la acción, muchas veces sin un significado claro? ¿En la insistencia por definir el carácter de varios personajes que ya en origen están perfectamente aclarados? ¿En la aparente obligación de descubrirle matices a una ópera que abunda en ellos? Una tras otra, la dudas atosigan al espectador tras asistir a la primera representación de las veintidós que el Real ha programado antes de que la propuesta viaje a la ABAO bilbaína, al Teatro de la Maestranza sevillano y a la Ópera Israelí de Tel Aviv con quienes se ha planteado la coproducción.

Porque el comienzo es espectacular: las luces apagadas, los gritos por doquier y la carrera por el patio de butacas de una mujer que acabará atrapada por la manada y de seguro violada. Es decir, algo perturbador, inquietante, molesto, que se produce muy cerca de los espectadores antes de que la representación se limite al estricto espacio del escenario.

Pero el golpe de efecto termina ahí, convertido en una promesa de corto recorrido pues lo que sucede a partir de ese momento tiene mucho que ver con la dificultad de matizar teatralmente un libreto y una partitura tan bien caracterizados, que se explican sin metafísica o simbolismo; de lograr que cualquier decisión escénica sea algo más que un mero adorno.

Lo es el traje del protagonista y su chaqueta asimétrica, sin una manga; el paisaje ondulado, ¿cheposo?, del primer acto; el grupo de espíritus que surgen alrededor de Gilda y su ‘Caro nome’, delicias del amor; la depravación que acompaña al duque de Mantua; incluso el encuentro de Gilda muerta con un grupo de mujeres desnudas y, por tanto, compañeras en la pureza del cielo. Para llegar ahí no hacía falta ese camino. Eso ya se sabía, como se conocía todo lo anterior porque está en la misma obra, pero Miguel del Arco quiere enfatizarlo y, a ratos, parece curioso y, en otras ocasiones, no tiene mayor interés, especialmente cuando se trata de que los cantantes interpreten con un gesto bien construido. Hay una diferencia notable entre las escenas ensayadas por actores y bailarinas, y aquellas en las que el reparto se expone si más protección que su propio movimiento, generalmente malo y torpe.

‘Rigoletto’ llega al Real con tres repartos. En el segundo y tercero están Etienne Depuis, Xabier Anduaga y Julie Fuchs, Quinn Kelsey, John Osborn y Ruth Iniesta. En el primero participa Ludovic Tezier que tiene su mejor baza en la calidad de su voz, en la belleza de un canto que tras las dudas iniciales se vuelve rotundo ante el ‘Cortigiani’, punto culminante en la representación de ayer. Javier Camarena se sobrepone también cuando hace falta cuerpo, una vez que la voz ha ensanchado y muestra síntomas de fatiga en alguna posición. ‘La donna è mobile’ es un lugar para el que conviene reservarse y Camarena lo hizo anoche alargando efectistamente (como algunos clásicos) el agudo final que surgió esplendoroso. Su duque de Mantua tiene cierto interés. Y un inciso más para Adela Zaharia cuya caracterización es muy poco afortunada como hija de Rigoletto, mientras no se espere de ella que dada su retratada veteranía salga al mundo a buscarse la vida. Pero como el padre la protege, pues Gilda sigue a su lado y canta el papel con poso y no siempre buen acabado. Ayer se aplaudió mucho su ‘Caro nome’ y también su actuación, pero fue la consecuencia de un público entregado y entusiasta el ‘sparafucile’ de Simon Lim.

Aun así, a Miguel del Arco le cayó la pitada, como le llovieron aplausos a Nicola Luisotti quien logra la máxima eficacia a partir de una gestualidad tranquila, reposada y bien dirigida. A él se debe una interpretación incansable, turgente, formidablemente contrastada y materialmente colorida. De la mano de Luisotti, la orquesta del Real suena rotunda y segura, deslumbrante en el arranque, energética y prodigiosamente ilustradora durante toda la representación. En definitiva, que si este ‘Rigoletto’ se mantiene con interés es gracias a la manera en la que se su partitura se coloca al servicio de una colección de escenas llenas de contraste e intensamente trazadas. Ante las que Luisotti consigue, y no es poco, que parezcan creíbles.

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